lunes, 5 de agosto de 2013

Anthony de Jasay: La violencia como enfermedad y como vacuna

La violencia como enfermedad y como vacuna
Anthony de  Jasay*
Original en inglés aquí
Traducción de Jaime Luis Zapata
Revisado por Jorge Eduardo Castro
Con el irresistible ascenso de lo políticamente correcto, el rechazo de toda violencia se ha vuelto casi absoluto. Los legisladores y los fabricantes de opinión dieron extraordinarios pasos para desincentivarla. Es justo decir, sin embargo, que el esfuerzo se dirigía hacia los defensores de la persona y la propiedad más bien que a sus atacantes. Lo políticamente correcto ha desincentivado que los individuos, actuando solos o en cooperación informal con sus pares y vecinos, disuadan la violencia mediante la amenaza de la violencia. Así, las reacciones espontáneas de la sociedad a los ataques al orden civil han sido refrenadas y la aplicación oficial del derecho es incapaz de hacer frente a las consecuencias.

Todo el que ha ido al cine sabe cómo era el Viejo Oeste. Era una tierra sin ley, donde las diligencias eran asaltadas, los rancheros peleaban unos contra otros por territorio, se robaban el ganado, aumentaba velozmente el número de reclamaciones sobre minas, y sobrevivía el pistolero más rápido, pero sólo hasta que se encontraba con uno más rápido todavía.

Todo historiador serio del Oeste americano en el siglo XIX ha hallado, y ha demostrado, que esta imagen no se encuentra ni siquiera a una distancia cercana de la realidad. Ciertamente, había un grado ostensible de violencia tanto en los territorios para el ganado como en las minas. Los ganaderos, a menudo ayudados por los vecinos sobre una base recíproca, usaban la fuerza contra los ladrones de ganado y de caballo, matando a algunos sin reclamárseles responsabilidad por ello. Las diligencias compraban un grado de seguridad contratando sus propios guardias armados. El gamberrismo se enfrentaba mediante la acción cívica y el crimen grave mediante movimientos de vigilantes.

Estas respuestas espontáneas, populares, a la debilidad del estado y su maquinaria de aplicación formal del derecho, eran suficientes para mantener un grado de seguridad personal y de respeto por la propiedad que muchas fuerzas policiales de hoy día podrían muy bien envidiar. Confiando en sí mismos, por falta de una superestructura jurídica en la cual confiar, los primeros colonizadores lograron ese resultado por medios que ahora se enfrentan a un rechazo moral unánime; a través de la violencia, "tomando la ley por sus propias manos".

Las cosas han progresado –o tal vez empeorado- bastante desde entonces. Las sociedades occidentales civilizadas ahora tienen un horror a la violencia mientras que, paradójicamente, no parecen generar menos, y de hecho generan probablemente más, que eras mucho menos delicadas. Sin embargo, mucho de esta violencia es de un tipo nuevo. El vandalismo sin sentido, alarmantes rabietas de adolescentes bastante crecidos, asesinatos por ira, terrorismo y protestas, que usan ambas la fuerza para golpear a un público que no es parte en la disputa, y crímenes altamente organizados a gran escala contra la propiedad privada, son usos de la violencia relativamente contemporáneos. Es difícil medir este tipo de cosas, pero si descartamos las grandes guerras y a los estados cuando masacran a sus propios súbditos, sí parece haber más violencia "privada" hoy que nunca antes. En términos de gasto en justicia penal y fuerzas policiales, también hay más esfuerzos dedicados a la aplicación de la ley que nunca antes. ¿No es éste un curioso resultado del proceso civilizatorio?

Por extraño que parezca, son nuestro propio horror y nuestro propio rechazo a la violencia los que tienen una gran parte de la culpa en su aumento. Como ilustra la historia del Salvaje Oeste americano, hay dos fuentes de violencia "privada". Una se ejerce en defensa de la persona y la propiedad y en general de un orden civil establecido. La otra es usada por los que atacan este orden -lo que el lenguaje jurídico acostumbraba denominar “malhechores" (incluyendo a los saboteadores y atormentadores de los profesores en las escuelas públicas).

Los antiguos reyes y príncipes, y posteriormente el estado moderno, siempre desincentivaron las reacciones espontáneas de la
sociedad civil en defensa de sus órdenes e intereses. Estas amenazaban la reclamación del estado sobre el monopolio de lo que encantadoramente se llamaba el uso "legítimo" de la fuerza, clasificando así su uso por individuos como ilegítimo. Se elevó una presunción moral y jurídica en contra de él. No podías ser "juez en tu propia causa" excepto en los casos de último recurso, prácticamente limitados a la legítima defensa, y sólo entonces si no se usaba más que una fuerza “razonable”. La violencia como sanción y como disuasorio fue reservada estrictamente para el estado como un monopolio legítimo. Sin embargo, algunas formas suaves de ella subsistían en la familia y en la escuela, pues nadie realmente creía que la crianza de los niños era mejor confiársela a la policía y a las cortes.

Con el irresistible ascenso de lo políticamente correcto, el rechazo de toda violencia se ha vuelto casi absoluto. Los legisladores y los fabricantes de opinión dieron extraordinarios pasos para desincentivarla. Es justo decir, sin embargo, que el esfuerzo se dirigía hacia los defensores de la persona y la propiedad más bien que a sus atacantes. La abolición de la pena de muerte y de los castigos corporales en general se volvió una causa sagrada. La protección al acusado sobre la base de los derechos humanos, tan encomiable como lo es en algunos aspectos, tuvo el efecto de hacer la justicia lenta, enredada en apelaciones sin fin, aunque es bien sabido que el efecto disuasorio del castigo yace menos en su severidad que en su velocidad. Por encima de todo, sin embargo, lo políticamente correcto ha desincentivado que los individuos, actuando solos o en cooperación informal con sus pares y vecinos, disuadan la violencia mediante la amenaza de la violencia.

Hoy en la gran mayoría de los países civilizados, si un dueño de casa escucha a un ladrón por la noche, baja las escalas y le dispara, va directamente a prisión y puede incluso tener que defenderse él mismo en una demanda civil iniciada por el ladrón. En vez de dispararle, primero debería haber evaluado sus intenciones, decirle que desistiera, y esperado lo mejor. El ladrón tiene una apuesta en doble sentido: si no es escuchado, hace el trabajo, y si es escuchado, puede o desistir o noquear al dueño de casa y entonces todavía hacer el trabajo. En ningún caso corre el riesgo de ser disparado. El robo se vuelve una opción mucho más segura.

Igualmente, si un estudiante busca ser el líder de la clase provocando irrespetuosamente al profesor, o sobornando y abusando de  los estudiantes más débiles, no corre el riesgo de una buena reprimenda. El profesor no debe tocarlo por miedo a perder su trabajo. A lo más que se arriesga es a la suspensión de la escuela por unos cuantos días –una recompensa más bien que un castigo. Cuando los residentes tratan de limpiar su calle atrapando a los traficantes de droga y rompiéndoles los brazos, o persiguen a una banda de jóvenes hacia las afueras y rompen algunas cuantas cabezas entretanto, se arriesgan a ser llevados a la corte por estos sufrimientos, y puede que no lo hagan por una segunda vez. “Déjelo a la policía”. Se le enseña enfáticamente al ciudadano y se le condiciona a ser un free rider, descargando algunos pesos de su propia espalda en el público contribuyente general. Pero algo de esta carga no puede depositarse en otras espaldas, la aplicación oficial del derecho manifiestamente no puede arreglárselas con ello.

No tiene mucha utilidad apretar las manos y decirnos los unos a los otros que nuestra civilización se está yendo bien empacada al infierno. Puede tener cierta utilidad, si bien modesta, el reflexionar sobre por qué estamos en este empaque y sobre si aún existe un camino para salir de él.

Las analogías no pueden probar una afirmación, pero pueden arrojar cierta luz sobre cierto problema. Si la sociedad fuera un cuerpo viviente, podríamos pensar en la violencia como una enfermedad. Siempre ha estado alrededor, y es endémica. El sistema inmune del cuerpo ha producido anticuerpos que continuamente la combaten y la mantienen reducido a un nivel tolerable. Las cosas están en equilibrio: dadas las circunstancias, podría ser peor pero no mejor. Obsérvese cuando alguna malentendida tendencia en salud atrapa la imaginación del público. En el nombre de erradicar la enfermedad completamente, permítase que los seguidores de la tendencia erradiquen los anticuerpos en cambio, y que pongan al sistema inmune fuera de funcionamiento. Las cosas empeorarán, pues la enfermedad ahora no está refrenada parte de las propias defensas del cuerpo, y necesita dosis cada vez más pesadas de medicina cada vez más inefectiva. Por otro lado, piénsese en infecciones menores, causadas por las impurezas de nuestros alrededores, como una vacuna que causa que el sistema inmune prepare las defensas contra una infección mayor. Esterilícense los alrededores, y las cosas empeorarán.

El reprimir las reacciones espontáneas y moderadamente violentas de la sociedad frente a ataques violentos en contra de su orden civil y sus intereses vitales, parece funcionar bastante en la misma manera como si se esterilizara al ambiente y se neutralizara al sistema inmune. Si esta es la forma en que la sociedad realmente funciona, estamos cometiendo un grave error al seguir la moda. Quizás los medios sensibles de superar la violencia rampante y maléfica es dejar que los dueños de casa les disparen a los ladrones, que los profesores azoten a los estudiantes y que los vigilantes con bates de béisbol rompan las cabezas de los abusivos, los vándalos y los destructores. Tal vez no hay otro camino.

*Anthony de Jasay (1925-2019) fue un filósofo y economista húngaro. En sus escritos criticaba la idea del estado limitado, el monopolio estatal de la fuerza, el socialismo y la democracia. En vez de ello proponía una anarquía ordenada basada en la interacción de las personas con base en el respeto de la propiedad privada. Su obra más conocida es El Estado: la lógica del poder político (1985).

martes, 21 de mayo de 2013

Anthony de Jasay: Liberalismo en sentido amplio y en sentido estricto


Liberalismo en sentido amplio y en sentido estricto

Anthony de Jasay

En: The Independent Review. A Journal of Political Economy. Vol. 9, No. 3, Winter 2005: http://www.independent.org/publications/tir/article.asp?a=505

Ya había aparecido en la página del Liberal Institute en 2003: http://www.libinst.ch/?i=liberalism-loose-or-strict--en

También se puede leer en la página del autor: http://www.dejasay.org/bib_journals_detail.asp?id=33

Traducción de Jaime Luis Zapata

Revisión de Jorge Eduardo Castro

Los utilitaristas del siglo XIX introdujeron en el liberalismo ideas incompatibles con su esencia, dando lugar así a un “liberalismo” contemporáneo que descarta el valor de la libertad. Para que el liberalismo genuino resista la penetración de elementos extraños, debe afirmar vigorosamente dos principios básicos: la presunción de la libertad, y el rechazo a la regla de sumisión a la autoridad política.

Las doctrinas políticas pueden ser entendidas e interpretadas de muchas formas, pero para sobrevivir y prosperar, cada doctrina necesita algún elemento irreductible, constante, que represente su identidad distintiva y que no pueda cambiar sin que la doctrina pierda su carácter esencial. El nacionalismo debe aferrarse a la soberanía, la protección, y si es posible, la expansión de un territorio, una lengua y una raza como los principales objetivos de la política. Si no lo hiciera, ya no sería nacionalismo sino algo más. El socialismo se viste con muchos disfraces, pero todas sus versiones tienen al menos una característica común, inalterable, esto es, la insistencia de que toda la riqueza es creada por la sociedad, no por miembros individuales de ella. La sociedad está autorizada a distribuir la riqueza en cualquier forma que se ajuste a su concepto de justicia. La propiedad colectiva de los medios de producción y la igualdad de bienestar son derivados de esta tesis básica. Mi postulado es que el liberalismo nunca ha tenido tal elemento principal irreductible e inalterable. En cuanto doctrina, siempre ha sido algo amplio, tolerante de componentes heterogéneos, fácil de influenciar, fácil de infiltrar por ideas extrañas que son de hecho inconsistentes con una versión coherente de él. Uno estaría tentado a decir que el liberalismo no puede protegerse a sí mismo porque su “sistema inmune” es demasiado débil.

El uso actual de las palabras “liberal” y “liberalismo” es sintomático del carácter proteico de lo que los nombres deben querer significar. El liberalismo “clásico” tiene que ver con la deseabilidad del estado limitado, y con lo que va por el nombre de laissez faire combinado con una amplia veta de utilitarismo que no propone el estado limitado sino el estado activo. El liberalismo americano está principalmente preocupado con la raza, la homosexualidad, el aborto, los crímenes sin víctimas y en general con “derechos”. En inglés meso-atlántico, un liberal es lo que la mayoría de los europeos llamaría un socialdemócrata, mientras que en francés “liberal” es una palabra peyorativa, que muchas veces se usa como insulto, y “liberalismo” es un fárrago de falacias obsoletas que solamente los estúpidos o los deshonestos tienen la audacia de profesar. Estos usos dispares no tienen mucho en común. No debería sorprendernos que no lo tengan.

Una doctrina vaga sobre un fundamento vago
Mucho de su falta de una identidad firme se explica por los fundamentos del liberalismo. En lo más profundo, la doctrina parece surgir del amor a la libertad. En un lenguaje más filosófico, la libertad es un valor, final o instrumental, que estimamos caro. Toda la superestructura del liberalismo se hace descansar sobre este juicio de valor fácilmente aceptable. Sin embargo, la libertad no es el único valor –ni siquiera el único valor político. Tiene muchos rivales; la seguridad de la persona y la propiedad, la seguridad de subsistencia, igualdad de todo tipo, la protección del débil contra el fuerte, el progreso del conocimiento y las artes, la gloria y la grandeza vienen a la mente, y la lista podría ser virtualmente infinita. Muchos sino la mayoría de estos valores solamente pueden ser realizados al costo de limitar la libertad. Es contrario al espíritu liberal de tolerancia y de amor por la libertad tratar de rechazar estos valores y disputar la libertad de cualquiera de amar algunos de ellos incluso a expensas de la libertad. El amor a libertad permite intercambios entre él y otras cosas. Cuánta libertad debería darse por cuánta seguridad o igualdad o algún otro objetivo meritorio que al menos alguna persona quiera lograr es obviamente una cuestión subjetiva, mi valor contra tu valor, mi argumento contra el tuyo. El desacuerdo es legítimo. De este fundamento, por tanto, la evolución de la doctrina tiende hacia permitir a los valores rivales más y más "lebensraum" (espacio vital), a incorporar y por lo tanto a cooperar con ellos. Lo que surge es una mescolanza cambiante, todas las cosas para todos los hombres.

El utilitarismo y el principio de daño
Esta evolución, casi predestinada por la dependencia de la doctrina de los juicios de valor, fue empujada mucho más hacia delante por las enseñanzas de los tres más influyentes teóricos del liberalismo clásico, Jeremy Bentham, James Mill, y John Stuart Mill.

Ellos convirtieron al "un hombre-un voto" y al bien del mayor número en imperativos de moralidad política, estableciendo un vínculo completamente arbitrario, sino además directamente auto-contradictorio, entre la democracia y el liberalismo. Este vínculo desde entonces ha logrado el estatus de una verdad autoevidente. Es repetido con la docilidad de un loro en el discurso político contemporáneo, y está haciendo mucho para vaciar al liberalismo de cualquier identidad firme.

También tienen mucha de la responsabilidad por haberle dado al liberalismo una agenda utilitarista. La política liberal se convirtió en la política del mejoramiento en todas las direcciones. Siempre hay un conjunto inagotable de buenas ideas para mejorar las cosas mediante la reforma y el cambio de las instituciones, hacer nuevas leyes, nuevas regulaciones y quizá por encima de todo mediante el ajuste constante de la distribución de la riqueza y el ingreso para generar una mayor “utilidad total”. John Stuart Mill ha dicho de una manera bastante explícita que mientras la producción de la riqueza debe ser gobernada por leyes económicas, su distribución debe ser decidida por la sociedad. El utilitarismo hizo que esto fuera no sólo legítimo, sino incluso obligatorio, pues fracasar en incrementar la utilidad total a través de la redistribución de los ingresos es fracasar en hacer el bien que podrías hacer. Un mandato de mejoramiento general es, por supuesto, una receta segura para el estado ilimitado.

Muchos defensores del liberalismo clásico interpretan el famoso principio de daño de Mill como la salvaguardia contra precisamente esta tendencia del pensamiento utilitarista. El principio parece una barrera al crecimiento ilimitado del estado. “…El único propósito para el cual el poder puede ser ejercido de manera correcta sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad” –escribe Mill- “es prevenir que dañe a otros”. (1) Sin embargo, lo que constituye el daño y cuánto daño justifique el uso del poder estatal son cuestiones de juicio inherentemente subjetivas. Hay una vasta área de externalidades putativas o reales que algunos consideran como fundamentos para la interferencia estatal, mientras que otros consideran que son simplemente hechos de la vida, que se deben dejar resolver por sí mismos. El principio del daño, siendo bastante abierto a la interpretación, está expandiendo progresivamente su dominio. Hoy, la omisión esta amalgamada con la comisión. “No ayudar a alguien es dañarlo”; el principio del daño es invocado por ciertos filósofos políticos contemporáneos para hacer obligatorio que el estado obligue a los que están bien a ayudar a aquellos que serían dañados por la falta de ayuda. Puede haber argumentos fuertes para obligar a algunas personas a ayudar otras, pero es sorprendente encontrar uno que se suponga que sea quintaesencialmente liberal.

El observar los efectos de las buenas intenciones es muchas veces algo amargamente irónico. Locke intentó con su condicionamiento inocente probar la legitimidad de la propiedad y tuvo éxito en socavar su base moral. J. S. Mill pensó que estaba defendiendo la libertad, pero lo que logró fue atarla a una cadena de confusión.

Liberalismo estricto
Para prevenir que se vuelva indistinguible del socialismo, de un pragmatismo sin principios o meramente afirmaciones ad hoc, el liberalismo debe volverse más estricto. Necesita diferentes fundamentos, y su estructura debe volverse mínima y simple, para resistir mejor la penetración de elementos extraños.


Sugiero que dos proposiciones básicas, una lógica y una moral, son suficientes para construir una nueva doctrina liberal más estricta, capaz de defender su identidad. Una es la presunción de libertad, la otra el rechazo de las reglas de sumisión que implican la obligación de obediencia política.

La presunción de libertad


Puede haber un número indefinido de razones potenciales que hablen en contra de un acto que uno desee realizar. Algunas pueden ser suficientes, válidas, otras (quizá todas) insuficientes, falsas. Uno las puede falsear una por una. Pero sin importar en cuántas se tenga éxito al falsearlas, puede haber alguna todavía que falte y uno nunca podría probar que no faltan más. En otras palabras, la afirmación de que este acto sería dañoso es infalseable. Dado que no se puede falsear, el poner en uno la carga de probar que no sería dañoso no tiene sentido, una violación de la lógica elemental. Por otro lado, se puede verificar cualquier razón específica que los disidentes puedan proponer en contra del acto en cuestión. Si tuvieran tales razones, le correspondería a ellos la carga de la prueba de verificar que algunas o todas ellas de hecho son suficientes para justificar la interferencia con el acto.

La presunción de libertad debe ser entendida en el sentido de que todo acto que una persona desee realizar es considerado libre –no se puede interferir en el, ni regularlo, ponerle impuestos ni castigarlo- a menos que se indique razón suficiente por la cual no debería ser libre.


Algunos niegan que haya, o que debería haber, tal presunción (2). Sin embargo la presunción no es una cuestión de opinión o evaluación que pueda ser debatida y negada. Es una consecuencia lógica estricta de la diferencia entre dos sentidos de probar la validez de una afirmación, esto es falsificación y verificación.


Puede haber un número indefinido de razones potenciales que hablen en contra de un acto que uno desee realizar. Algunas pueden ser suficientes, válidas, otras (quizá todas) insuficientes, falsas. Uno las puede falsear una por una. Pero sin importar en cuántas se tenga éxito al falsearlas, puede haber alguna todavía que falte y uno nunca podría probar que no faltan más. En otras palabras, la afirmación de que este acto sería dañoso es infalsable. Dado que no se puede falsear, el poner en uno la carga de probar que no sería dañoso no tiene sentido, una violación de la lógica elemental. Por otro lado, se puede verificar cualquier razón específica que los disidentes puedan proponer en contra del acto en cuestión. Si tuvieran tales razones, le correspondería a ellos la carga de la prueba de verificar que algunas o todas ellas de hecho son suficientes para justificar la interferencia con el acto.

 
Todo esto parece trivial y simple. De hecho, es simple, pero no trivial. Por el contrario, es de una importancia decisiva para condicionar el clima intelectual, la “cultura” de una comunidad política. La presunción de libertad debe ser afirmada vigorosamente, así sea solamente para servir como un antídoto en contra de la difusión del “derechismo” que lo contradiría y lo socavaría, y que ha hecho tanto para distorsionar y emascular el liberalismo en décadas recientes. El “derechismo” busca reconocer solemnemente que la gente tiene “derechos” a hacer ciertas cosas específicas y que ciertas otras cosas no se les puede hacer a ellas. En un análisis más cercano, estos “derechos” resultan ser las excepciones a una regla general entendida tácitamente de que todo lo demás está prohibido; pues si no lo fuera, el anunciar “derechos” a emprender actos libres sería redundante y sin sentido. La tontería que subyace al “derechismo” y el asombroso efecto que ejerce sobre el clima político ilustran qué tan lejos la laxitud del pensamiento liberal actual puede ir respecto de una estructura más estricta que serviría la causa de la libertad, en vez de entorpecerla con pomposidad y confusión.

La regla de la sumisión

A diferencia de una ley que debe descansar sobre la regla de sumisión, una convención es voluntaria. Es un equilibrio emergente espontáneamente en el que todos adoptan un comportamiento que producirá el mejor resultado para cada uno dado que se anticipa el comportamiento que todos los demás adoptarán. En este ajuste recíproco a cada uno, nadie puede salirse del equilibrio y esperar ganar con ello, porque esperará ser castigado por esto por otros que también se salgan del equilibrio. A diferencia de una ley que depende de su aplicación, una convención es así autoaplicable. Su justificación moral está asegurada porque preserva la voluntariedad.

“El rey en su consejo ha expresado su voluntad, y su voluntad será obedecida por todos” es una regla de sumisión. Tal como lo son las reglas que requerían que los ciudadanos de Venecia obedecieran a la Signoria, que le daban el poder para hacer leyes a una mayoría de una legislatura y el poder para elegir legisladores a una mayoría de votantes. De estas reglas las últimas son más “democráticas” que la primera, pero todas comparten la misma característica esencial, la obligación de todos en una comunidad de someterse a las decisiones de sólo unos de ellos. Aún más, toda regla así impone la obligación de someterse a decisiones alcanzadas por ciertas personas en ciertas formas, por decirlo así, por adelantado, antes de saber en lo que esas decisiones de hecho van a consistir.

Pueden hallarse razones de practicidad expediente sobre porqué esto debe ser así, si hay que transar sobre la cuestión del estado. Las razones pueden ser buenas, pero la regla que invocan no es menos escandalosa por ello. La sumisión puede ser aceptable moralmente si es voluntaria, y la sumisión voluntaria por individuos racionales es concebible sobre una base caso por caso, por los méritos de proposiciones particulares. Una regla general, que significaría firmar un cheque en blanco, sin embargo, difícilmente puede ser tanto voluntaria como racional. Si una regla general de sumisión es necesaria para gobernar –lo que muy bien podría ser- entonces la legitimidad del estado, de cualquier tipo de estado, resulta ser moralmente indefendible.

¿Quiere esto decir que los liberales estrictos no pueden aceptar lealmente el estado de su país como legítimo, y que en efecto están abogando por la anarquía? Lógicamente, la respuesta a ambas preguntas debe ser “sí”, pero es un “sí” cuyas consecuencias prácticas están restringidas necesariamente por las realidades de nuestra condición social.

Las prácticas sociales ordenadas que coordinan el comportamiento individual para producir una cooperación razonablemente eficiente y pacífica pueden ser impuestas por el derecho y la regulación. Hoy, muchas de nuestras prácticas de hecho son impuestas así, muchas, pero no todas. Algunas importantes y muchas menos vitales y sin embargo útiles pertenecen al ámbito de la convención.

A diferencia de una ley que debe descansar sobre la regla de sumisión, una convención es voluntaria. Es un equilibrio emergente espontáneamente en el que todos adoptan un comportamiento que producirá el mejor resultado para cada uno dado que se anticipa el comportamiento que todos los demás adoptarán. En este ajuste recíproco a cada uno, nadie puede salirse del equilibrio y esperar ganar con ello, porque esperará ser castigado por esto por otros que también se salgan del equilibrio. A diferencia de una ley que depende de su aplicación, una convención es así autoaplicable. Su justificación moral está asegurada porque preserva la voluntariedad.


David Hume fue el primer gran filósofo en identificar sistemáticamente las convenciones en general, y dos convenciones particularmente vitales, la de la propiedad y la de la promesa. La idea fundamental de Hayek del “orden espontáneo” puede ser entendida mejor en términos de convenciones. Debemos la explicación rigurosa de la naturaleza autoaplicable de las convenciones a John Nash, y desarrollos más recientes en la teoría de juegos muestran que los problemas de cooperación social relativos al conflicto que antes se pensaba que eran “dilemas” que requerían la intervención estatal de hecho tienen soluciones potenciales en las convenciones.

La agenda estrictamente liberal

Es fácil describir escenarios plausibles en los que las convenciones espontáneas emerjan para suprimir los perjuicios y proteger la vida y la integridad, la propiedad y el contrato (3). Sin embargo, tales escenarios están escritos en una página en blanco, mientras que en realidad la página está cubierta con lo que el pasado ha escrito en ella. En Occidente, al menos dos siglos de cada vez más elaboradas legislaciones, regulaciones, impuestos y servicios públicos -en breve, el recurso a la regla de sumisión- han dado lugar a una dependencia del estado para asegurar la cooperación social. Por lo tanto la sociedad tiene menos necesidad de las convenciones antiguas, y sus músculos para mantener las convenciones antiguas y generar unas nuevas sea han atrofiado.

Frente a esta realidad, es probablemente vano esperar que al colapso de un estado le siga la emergencia de la anarquía ordenada. El escenario más probable es tal vez la emergencia de otro estado, posiblemente más sucio que su predecesor.

Esto limita la agenda práctica del liberalismo estricto. A pesar de la lógica de la tesis de que el estado es intrínsecamente innecesario, y el atractivo de la anarquía ordenada, difícilmente vale la pena el esfuerzo de abogar por la abolición del estado. Pero vale la pena el esfuerzo de retar su legitimidad constantemente. No se debe permitir que la mentira pía de un contrato social permita que el estado complacientemente tome demasiado por sentada la obediencia de sus sujetos. Existe un mecanismo ínsito en la democracia para que el estado compre el apoyo de unos mediante el abuso de la regla de sumisión y para que explote a otros. El liberalismo laxo ha dado en llamar a esto justicia social. Lo mejor que el liberalismo estricto puede hacer es combatir esta intrusión del estado paso por paso, en la frontera en que aún pueda preservarse terreno privado y en que incluso pueda ser recuperado algún terreno público.

Referencias
(1) J. S. Mill, “On Liberty”, ch. I., para 9.
(2) J. S. Mill, “On Liberty”, ch. I., para 9. Notably Joseph Raz, “The Morality of Freedom”, Oxford 1986, The Clarendon Press, pp. 8—12.
(3) Cf. Jasay, Against Politics, London 1997, Routledge, Ch. 9, “Conventions: Some Thoughts on the Economics of Ordered Anarchy”.

martes, 9 de abril de 2013

Fascismo latinoamericano: Gaitán, Perón, Getulio Vargas. Una cita de Hobsbawm.


Lo que tomaron del fascismo europeo los dirigentes latinoamericanos fue la divinización de líderes populistas valorados por su activismo. Las masas cuya movilización pretendían, y consiguieron, eran las que nada tenían que perder; los enemigos contra los cuales las movilizaron eran «la oligarquía», los ricos, la clase dirigente local.

Hace un tiempo me encontré esta cita del historiador marxista Eric Hobsbawm acerca de la forma que tomó el fascismo en latinoamérica. De su libro Historia del siglo XX. Buenos Aires: Crítica, 1998. Muy a propósito sobre el 9 de abril, fecha en que se conmemora la muerte de un líder fascista/socialista, el colombiano Jorge Eliécer Gaitán. Sobra decir que los amantes de la libertad no deberían recordar con respeto a esa persona.

                “En América Latina donde la influencia del fascismo europeo resultó abierta y reconocida, tanto sobre personajes como el colombiano Jorge Eliecer Gaitán (1898-1948) o el argentino Juan Domingo Perón (1895-1947), como sobre regímenes como el Estado Novo (Nuevo Estado) brasileño de Getulio Vargas de 1937-1945.
                …Y, sin embargo, ¡cuán diferentes de sus modelos europeos fueron las actividades y los logros políticos de unos hombres que reconocían abiertamente su deuda intelectual para con Mussolini y Hitler! Todavía recuerdo la conmoción que sentí cuando el presidente de la Bolivia revolucionaria lo admitió sin la menor vacilación en una conversación privada. En Bolivia, unos soldados y políticos que se inspiraban en Alemania organizaron la revolución de 1952, que nacionalizó las minas de estaño y dio al campesinado indio una reforma agraria radical. En Colombia, el gran tribuno popular Jorge Eliecer Gaitán, lejos de inclinarse hacia la derecha, llegó a ser el dirigente del partido liberal y, como presidente, lo habría hecho evolucionar con toda seguridad en un sentido radical, de no haber sido asesinado en Bogotá el 9 de abril de 1948, acontecimiento que provocó la inmediata insurrección popular de la capital (incluida la policía) y la proclamación de comunas revolucionarias en numerosos municipios del país. Lo que tomaron del fascismo europeo los dirigentes latinoamericanos fue la divinización de líderes populistas valorados por su activismo. Pero las masas cuya movilización pretendían, y consiguieron, no eran aquellas que temían por lo que pudieran perder, sino las que nada tenían que perder, y los enemigos contra los cuales las movilizaron no eran extranjeros y grupos marginales (aunque sea innegable el contenido antisemita en los peronistas y en otros grupos políticos argentinos), sino «la oligarquía», los ricos, la clase dirigente local. El apoyo principal de Perón era la clase obrera y su maquinaria política era una especie de partido obrero organizado en torno al movimiento sindical que él impulsó. En Brasil, Getulio Vargas hizo el mismo descubrimiento. Fue el ejército el que le derrocó en 1945 y le llevó al suicidio en 1954, y fue la clase obrera urbana, a la que había prestado protección social a cambio de su apoyo político, la que le lloró como el padre de su pueblo. Mientras que los regímenes fascistas europeos aniquilaron los movimientos obreros, los dirigentes latinoamericanos inspirados por él fueron sus creadores. Con independencia de su filiación intelectual, no puede decirse que se trate de la misma clase de movimiento.” Pp. 139, 140-41.

También es importante tener en cuenta la siguiente, donde menciona, casi sin querer, cómo los movimientos nazis y socialistas tenían conexiones que presentan un cuestionamiento a la tradicional oposición fascismo/socialismo.

                “La principal diferencia entre la derecha fascista y la no fascista era que la primera movilizaba a las masas desde abajo. Pertenecía a la era de la política democrática y popular que los reaccionarios tradicionales rechazaban y que los paladines del «estado orgánico» intentaban sobrepasar. El fascismo se complacía en las movilizaciones de masas, y las conservó simbólicamente, como una forma de escenografía política —las concentraciones nazis de Nuremberg, las masas de la Piazza Venezia contemplando las gesticulaciones de Mussolini desde su balcón—, incluso cuando subió al poder; lo mismo cabe decir de los movimientos comunistas. Los fascistas eran los revolucionarios de la contrarrevolución: en su retórica, en su atractivo para cuantos se consideraban víctimas de la sociedad, en su llamamiento a transformarla de forma radical, e incluso en su deliberada adaptación de los símbolos y nombres de los revolucionarios sociales, tan evidente en el caso del «Partido Obrero Nacionalsocialista» de Hitler, con su bandera roja (modificada) y la inmediata adopción del 1.° de mayo de los rojos como fiesta oficial, en 1933.“ P. 123.

jueves, 21 de marzo de 2013

Corporatismo: Empresarios, industriales y políticos colombianos anticapitalistas


Corporatismo: empresarios, industriales y políticos colombianos anticapitalistas
Eduardo Sáenz Rovner
Tomado de: La ofensiva empresarial. Industriales, políticos y violencia en los años 40 en Colombia. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 2007.
Libro completo aquí
(Gracias a Jorge Eduardo por las citas)


"La Segunda Guerra Mundial benefició a los industriales con una protección prácticamente accidental. Pero al tiempo que la guerra llegaba a su fin, los grandes industriales comenzaron a temer que las manufacturas extranjeras inundasen el país, excluyéndolos del negocio, o al menos forzándolos a reducir el muy alto nivel de ganancias del cual gozaban gracias a su control oligopolístico del mercado doméstico. En consecuencia, los temas del proteccionismo y los aranceles a las importaciones se convirtieron en los más candentes e importantes tópicos del debate sobre política económica en Colombia en la segunda mitad de los años 40. Además, el asunto de quienes tendrían acceso a las divisas provenientes de las exportaciones (básicamente, de café), divisas que eran administradas por la Oficina de Control de Cambios, también se convirtió en tema de agudas disputas y conflictos entre industriales, cafeteros y comerciantes."

"En la década de los años 30 Ospina Pérez había defendido una política de devaluación del peso, como una forma de incrementar los ingresos de los exportadores de café. Por entonces, como acérrimo defensor de la división internacional del trabajo, Ospina Pérez insistió en que el futuro del país dependía de la expansión del sector cafetero, ya que consideraba un “absurdo” que Colombia siguiese los mismos pasos hacia la industrialización como lo habían hecho los Estados Unidos y Europa Occidental. Consecuente con dicha perspectiva, este multimillonario cafetero consideraba que los campesinos no debían abandonar el campo y tendrían que permanecer cultivando las fincas cafeteras (especialmente, aquellas muy extensas propiedades del clan de los Ospina), en donde los jornaleros supuestamente podrían tener control del proceso completo de la siembra, la cosecha y la comercialización del trabajo. De acuerdo con tan “generosa” visión de este empresario, laborar en el campo era una mejor alternativa al trabajo mecánico y rutinario en las fábricas, el cual –según él- “atrofiaría” la iniciativa y la inteligencia del pueblo colombiano.”

“Aunque el nuevo presidente electo aceptó que “el factor decisivo” en su elección fue el fuerte apoyo del sector cafetero, el mismo Ospina Pérez (consciente del creciente poder económico de los industriales) reconoció entonces que en su programa de gobierno debía existir un mínimo de proteccionismo industrial. Aceptó que los aranceles a las importaciones debían ser aumentados para proteger al sector manufacturero, y citó como ejemplo las idea de Alexander Hamilton, secretario del Tesoro de los Estados Unidos, quien desde finales del siglo XVIII había implementado una política proteccionista a favor de la incipiente industria norteamericana, política que había expresado claramente en su Report on Manufactures en 1791.”

“Ni los industriales ni los cafeteros colombianos fueron ls responsables directos de esa nueva prosperidad. Más bien, la “bonanza” fue el resultado de condiciones del mercado en el exterior que estaban fuera de su control. Sin embargo, ambos grupos trataron de aprovecharse al máximo de la situación. Por tanto, no sólo entraron en disputas en asuntos concernientes a la protección de la industria y al nivel de las tarifas arancelarias, sino también en temas críticos como tasas de cambio diferenciales, nivel de devaluación del peso, licencias de importación, subsidios a las exportaciones, control de precios y manejo de la oferta monetaria y el crédito.”

“En 1944 Lleras Restrepo fue contratado por la ANDI. Inicialmente escribió un memorando atacando una propuesta de presupuesto del gobierno que realmente no favorecía los intereses de los industriales. Sus servicios agradaron a la ANDI tanto que la asociación no vaciló en pedirle que fuese su representante en la Junta Nacional de Aduanas, encargada de revisar los niveles de tarifas arancelarias.”

“Lleras Restrepo también intrigó en la Oficina de Control de Cambios, que clasificaba los artículos de importación bajo diferentes categorías. Dependiendo del rango de la importación, se hacía más o menos difícil la obtención de los dólares oficiales necesarios para importar los bienes. La tarea de Lleras Restrepo era presionar para que el gobierno clasificase a las manufacturas extranjeras como importaciones superfluas. Esto, obviamente, protegía a las industrias locales.”


Más:
La estructura social del corporatismo:


Los cinco pasos del corporatismo: 

lunes, 18 de febrero de 2013

El TLC con la Unión Europea: más riqueza para Colombia


El TLC con la Unión Europea: más riqueza para Colombia

Jaime Luis Zapata García


El libre comercio internacional profundiza la división internacional del trabajo, estimulando la eficiencia en la producción y removiendo el incentivo para las guerras nacionales.
Un TLC con la UE reportaría beneficios para Colombia, pues sería un muy buen primer paso en la integración económica internacional, alejando al país de concepciones económicas falsas y generadoras de miseria, aumentando la competitividad y mejorando la economía nacional. Además de esto, posicionaría a Colombia en el plano internacional con más peso e influencia.


I. Introducción
La política exterior de Colombia en el gobierno anterior estuvo muy marcada por el conflicto interno, alejando a Colombia de la internacionalización económica y llevando a veces a roces con socios, lo que tenía como consecuencia un grave perjuicio económico para los exportadores. Este aislacionismo comercial de Colombia, sin embargo, es de vieja data, y se remonta a la política de sustitución de importaciones acordada por Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX en respuesta a la dependencia de los mercados internacionales; política que estaba basada en una idea económica falsa y perjudicial: el proteccionismo. Con la consolidación de una política de seguridad nacional firme, a pesar de todo, se crearon incentivos para que Colombia fuera vista como un lugar seguro para llevar a cabo inversiones, y también para establecer acuerdos comerciales internacionales. El gobierno actual ha cumplido su función en términos generales al aprovechar estos incentivos y adelantar lazos comerciales y políticos a nivel internacional, mejorando la posición económica y política de Colombia, y haciendo lo posible porque esto siga siendo así a largo plazo. Un TLC con la Unión Europea se muestra aquí como sumamente relevante.

II. Presentación
Lo que se pretende mostrar en este escrito es que el Tratado de Libre Comercio pactado entre la Unión Europea y Colombia traerá beneficios para Colombia, no solamente desde el punto de vista del consumidor sino también del trabajador. En primer lugar, desde el aspecto teórico, se hará una referencia a cuáles son los beneficios del libre comercio internacional; se explicará luego en qué consiste la situación comercial exterior de Colombia y por qué es necesario superarla; finalmente, se expondrá en qué aspectos concretos Colombia se beneficiará de este TLC.

III. Antecedentes
Prácticamente hasta 1990, no había relaciones entre Europa y Colombia. Fue solo a partir del gobierno de Virgilio Barco que se empezaron a establecer lazos de cooperación, en particular a partir del tema del narcotráfico. Esto se acentuaba aún más en el aspecto económico por el proteccionismo colombiano, que solamente se empezó a reducir un poco a partir de la apertura en la década de 1990. Bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez se estrecharon lazos de cooperación, pero más que todo desde el aspecto militar y muy centrados en el problema del conflicto colombiano. Es más que todo a partir de la nueva política exterior del presente gobierno que Colombia ha tratado de internacionalizar más su economía (Duarte, 2012) (Reina y Oviedo, 2011).

IV. Análisis
1. ¿Por qué es bueno el libre comercio internacional?

No hay causas económicas para una agresión armada dentro de un mundo de libre comercio y libre empresa. En un mundo así, ningún ciudadano individual podría obtener ventaja alguna de la conquista de una provincia o colonia. Pero en un mundo de estados totalitarios, muchos ciudadanos pueden llegar a creer en una mejora de su bienestar material por la anexión de un territorio rico en recursos. Las guerras del siglo XX han sido, es verdad, guerras económicas. Pero no las ha causado el capitalismo, como quieren los socialistas que creamos. Son guerras causadas por gobiernos en busca de una completa omnipotencia política y económica y han sido apoyadas por las desorientadas masas de estos países.
Ludwig von Mises.

¿Por qué es bueno el libre comercio internacional? Solo pueden haber dos tipos de relaciones entre las naciones: el comercio y la guerra. No hay otra opción. El primero solo es posible si se comprende que diversas regiones tienen diversas aportaciones para el comercio mundial: dependiendo de su situación geográfica, cada nación puede tener condiciones más favorables que otra para producir cierto bien que otro. Es a partir de esta especialización, y de la subsiguiente división del trabajo internacional, que se pueden ver las ventajas del comercio, pues se produce una situación de diferencia según las capacidades que hacen menos costoso el producto, y a partir de esta diferencia es que se puede dar el intercambio, según la necesidad de cada participante en el comercio. Esta situación reporta beneficios para ambos participantes, incluso en el caso de que una de las partes sea mejor para producir que la otra en todos los aspectos, en la medida en que el tiempo es escaso, algo explicado por la ley de asociación de Ricardo. Estas relaciones entre las naciones a partir del comercio son pacíficas, y en la medida en que se amplía y profundiza la división internacional del trabajo, se aumenta la dependencia entre las naciones, lo cual reduce considerablemente los motivos de guerra.

Por el contrario, ésta, la guerra, parte de considerar que no hay otra forma de obtener recursos sino a través de la exacción, del robo de unos recursos de unas naciones por otras. En la medida en que los recursos son escasos, y no se comprende el proceso de especialización, un Estado y su población estarán motivados para iniciar la guerra por los recursos de otro Estado, para controlarlos burocráticamente. Para los individuos de un Estado, es irrelevante cuáles sean las dimensiones territoriales de este, siempre que haya propiedad privada de los medios de producción, pues los individuos de este modo pueden participar del comercio, y satisfacer sus necesidades pacíficamente. Pero cuando el Estado controla los medios de producción, entonces la única forma como el individuo puede satisfacer sus necesidades es a través del Estado, y mientras el Estado tenga más para repartir, a partir de los impuestos que establezca a otras poblaciones que ocupe, entonces mejor para el individuo. La guerra por motivos económicos se produce, además, a partir de una mala concepción económica, el proteccionismo, que en último término exige la nacionalización, que en verdad es estatización, de los recursos; mala concepción económica que está asociada a la idea, también falsa, de que para que una población pueda satisfacer sus necesidades debe ocupar más y más territorios. Por esto se dice que el proteccionismo es una filosofía de la guerra. Esto es perder de vista el beneficio que se puede obtener a través del comercio (Mises, 1994a, 1944b, 1949, 1951, 1985).

2. Situación comercial exterior de Colombia
La situación comercial exterior de Colombia muestra, además, otra consecuencia del proteccionismo: la ineficiencia a que se llega en los productores nacionales por la falta de participación en el mercado internacional. Esta falta de participación, a largo plazo, hace que los productores no innoven, y se estanquen en la forma de producción que de todos modos les va a reportar beneficios, al tener clientes fijos que no pueden escoger otro oferente de los servicios que necesitan. Este proteccionismo fue propio de Latinoamérica bajo la figura de la sustitución de importaciones en la segunda mitad del siglo XX, originando solo al principio algunos éxitos, pero mostrándose después como ineficiente y generadora de corrupción, clientelismos, incompetencia y altos costos (Reina y Oviedo, 2011) (Yerguin y Stalislaw, 1998).
La mayoría de las naciones latinoamericanas, pues, abandonaron los proteccionismos y comenzaron a integrarse en la economía internacional. En cambio, Colombia permaneció bajo medidas proteccionistas, incluso dentro de lo que se conoció como la “apertura”, tal y como muestran los bajos niveles de importación y de exportación en comparación con otros países de la región, utilizando para ello el Sistema de Franjas de Precios (Reina y Oviedo, 2011).

3. Beneficios del TLC con la UE
Teniendo en cuenta esta situación, cabe plantearse si esta se modificaría y en qué sentido mediante el TLC con la UE. Si se produce una rebaja en los aranceles como está prevista para las importaciones que haga la UE desde Colombia, cerca del 98% de lo que exporte Colombia hacia esa región llegará sin aranceles. Según datos del Departamento Nacional de Planeación, esto representará para Colombia un aumento en la producción, especialmente en lo que se refiere a manufacturas y productos agrícolas, y en el empleo, que puede sumarse en total en un crecimiento de 0,46% de la economía colombiana. Esto, además, equilibrará el auge minero y energético que tiene Colombia, creando nuevos puestos de trabajo. Colombia, adicional a esto, podrá importar bienes de capital mucho menos costosos y más eficientes, lo cual redundará en una producción más competitiva y en un aumento del empleo.

A pesar de esto, deben tenerse en cuenta los malos hábitos incentivados por los altos niveles de proteccionismo acostumbrados en Colombia, que la posicionan entre las economías menos integradas internacionalmente de la región, consistentes en que los productores llegaron a considerar su situación monopólica como dada y no sujeta a modificación. Para esto, el tratado establece también plazos de liberalización, de manera que los productores puedan acomodarse a la alta competencia europea.

Otro beneficio adicional es que con este tratado Colombia se diversifica aún más, dejando de depender de naciones específicas para llevar a cabo relaciones comerciales, cuyas graves consecuencias se mostraron con el incidente de Venezuela, que redujo las importaciones colombianas en un muy alto porcentaje (Reina y Oviedo, 2011).

IV. Conclusiones
1. El libre comercio internacional profundiza la división internacional del trabajo, estimulando la eficiencia en la producción y removiendo el incentivo para las guerras nacionales.
2. Un TLC con la UE reportaría beneficios para Colombia, pues sería un muy buen primer paso en la integración económica internacional, alejando al país de concepciones económicas falsas y generadoras de miseria, aumentando la competitividad y mejorando la economía nacional. Además de esto, posicionaría a Colombia en el plano internacional con más peso e influencia.


V. Bibliografía

Duarte, J. (2012). La política exterior de Colombia con la Unión Europea: cambios y continuidades a partir de una nueva Colombia. En S. Jost (Ed.). Colombia: ¿una potencia en desarrollo? Escenarios y desafíos para su política exterior (pp. 339-355). Bogotá: Fundación Konrad Adenauer.

Mises, L. (1944a). Economic Causes of War. Mises Daily. Obtenido el 18 de febrero de 2013 en http://mises.org/daily/2949/ Texto en español aquí.

Mises, L. (1944b). Omnipotent Government: The Rise of the Total State and Total War. New Haven: Yale University.

Mises, L. (1949). Economic Nationalism is a Philosophy of War. Mises Daily. Obtenido el 18 de febrero de 2013 en http://mises.org/daily/4934 Texto en español aquí.

Mises, L. (1951). Socialism: An Economic and Sociological Analysis. New Haven: Yale University.

Mises, L. (1985). Liberalism in the Classical Tradition. New York: FEE.

Reina, M. y Oviedo, S. (2011). Colombia y el TLC con la Unión Europea. Julio de 2011. FESCOL. Obtenido el 18 de febrero de 2013 en http://www.fescol.org/index.php?option=com_content&view=article&id=189:policy-paper-no-4&catid=24:policy-papers-fescol&Itemid=9

Yerguin, D. y Stalislaw, J. (1998). La teoría de la dependencia. En D. Yerguin y J. Stalislaw. The Commanding Heights. New York: Free Press. Traducido por Adolfo Rivero. Obtenido el 18 de febrero de 2013 en http://www.neoliberalismo.com/dependencia.htm

martes, 5 de febrero de 2013

Three major issues for Think tanks

Three major issues for Think tanks
Dhruv Singal

1)Gun Politics : With one of the defining aspects of liberty under threat, it is a critical task for free market think tanks to change public opinions on Gun rights. Gun rights and the freedom to bear arms for self-protection are pre-requisites for formation of a society that values economic liberty and self-responsibility as opposed to quasi-tyrannical interventionist policies. In principle, such an endeavor would also aim to reduce the regulations imposed on the firearm market, served by a $32 Billion Gun Industry in the U.S. A negative public opinion about gun ownership and consequent stiffer gun control laws affects an industry which employs nearly 220,000 individuals, severely.
Analyzing the situation under the lens of the Overton’s window model, we recognize that for successfully changing the atmosphere of plausible policies in favor of Gun rights, prospective Gun holders must be engaged. Since a significant proportion of firearms are used for sporting and hunting purposes, respective associations must be identified as potential allies in the pursuits of bringing awareness to the milleu in this matter.  Of special concern to the think tank might be, Women and Senior citizens, the security of whom is challenged directly by regulation of Gun control. With courtesy of Women rights and welfare organizations, the ideas of Gun rights can be propagated. On the other hand, while dealing directly with the respective public policy, it must be brought to light that Federal and State governments benefit directly from the tax revenues, the industry provides (nearly $5 billion).
2)Healthcare : Public Healthcare spending in the U.S is one of the costliest in the world, regardless of which the quality of overall health care is low. The relatively poor conditions of Public hospitals and low efficiency of public health care demands that changes to the existing policies be put forward. The regulation of State Governments on the content of insurance packages and insurance rates increase the price of health insurance and consequently also the number of uninsured people. Similarly complex regulations on Hospitals, nursing homes , prescription drugs and medical devices plagues the industry with rising costs. On the other hand,The hidden costs of seemingly cheap Government plan is passed to the provider as administrative cost. Medicare has wide gaps with respect to the coverage offered. With increasing regulation, millions of Americans would no longer be under private coverage.
3)Education : Despite publicly spending far more than any country on Education, U.S clearly stands behind many other countries on academic measures as reflected by a multitude of surveys and studies. A large proportion of students from the Public Schools are dropping out before high school graduation. Inequality in funding and resources exists despite attempts to alleviate the same. Not only can Private schools educate students at lower costs with fewer administrative employees, they can ensure greater quality of education and teaching methodologies. Moreover private schools may be able to offer amenities like  smaller class sizes, enrichment programs, additional courses and more comprehensive athletic programs while the public schools struggle to survive on squeezed unstable budgets subject to federal grants, by imposing hidden costs at the students.